Del conjunto de actos que celebramos en la Semana Santa jerezana, destaca por su singularidad el Sermón de Pregones.

El Pregonero anuncia al pueblo la sentencia que llevará a Jesús a la cruz. El Hijo de Dios es defendido por el Ángel, encarnado en la figura de la Buena Mujer.
Comienza el acto con el Sermón del sacerdote que prepara a los fieles para la celebración del Viernes Santo. Mientras tanto la escolta romana de la Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, hace guardia con las lanzas invertidas delante de las imágenes de Jesús y su Madre.

Las palabras que el sacerdote dirige al pueblo son las que siguen…

Eran las seis de la mañana, la hora en que comenzaban los juicios. Los jefes del Sanedrín llevan a Jesús a presencia de Pilatos para que lo condene a muerte.

Pilatos pregunta: ¿qué acusación traéis contra este hombre?

Los miembros del Sanedrín se molestan porque hubieran preferido que Pilatos se hubiera limitado a firmar la sentencia ya por ellos dictada. Por eso contestan airados: Si éste no fuera un malhechor no te lo entregaríamos.

Pilatos no se deja envolver y contesta: Tomadle entonces vosotros y juzgarle según vuestra ley. Si es un lío interno dejadme en paz.

Los sacerdotes, cogidos en su trampa contestan: A nosotros no se nos permite condenar a muerte a nadie.

Pilatos descubre que aquello va en serio y los sacerdotes intuyen que Pilatos ha decidido ejercer sus funciones de juez, por eso dicen: A este lo hemos hallado amotinando a nuestra gente y prohibiendo dar tributo al César y diciendo que es el Mesías Rey.

Dos acusaciones que hacen vacilar al Procurador: él sabe que en Roma el buen gobernador es el que más recauda y que autoproclamarse rey era delito de alta traición condenado con la muerte. Necesitaría investigar a fondo.

Decidí interrogar en privado a Jesús. Cuando estuvieron solos, Pilatos preguntó: ¿Tú eres rey de los judíos? Jesús levantó la cabeza y dijo: ¿Me haces esa pregunta por ti mismo o porque otros te la han dictado? Pilatos respondió ¿Por ventura soy yo judío? Es decir, ¿qué me importan a mi vuestras distinciones y líos religiosos? Tu nación y vuestros jefes te entregaron a mí. Yo me limito a cumplir mi oficio. Dime sin rodeos qué has hecho. Jesús, con una calma que contrasta con la nerviosa pregunta del romano, vuelve a la primera cuestión y responde: En el sentido en el que tú me preguntas no soy rey. Mi reino no es de este mundo. Si fuera de aquí, mis servidores hubieran luchado para que yo no cayera en manos de los judíos. Pero mi reino no es de aquí.. Pilatos, no pudiendo evitar la ironía en la réplica pregunta: Luego, ¿tú eres rey? Jesús contesta: Sí, soy eso que tú dices. Para eso he nacido y para eso he venido al mundo. Para dar testimonio de la verdad. Y todo el que es la verdad escucha mi voz y es, por tanto, mi súbdito. Ante esto dijo Pilatos: ¿Y qué es la verdad?

Dejó allí a Jesús y él salió fuera donde estaban los sacerdotes y habló: No encuentro en él delito alguno.

Los jefes del pueblo, pensando que otra vez se les iba a escapar, agitados, coléricos, comenzaron a vomitar acusaciones. Uno de los acusadores pronunció la palabra Galilea. Pilatos pensó: Si este es galileo, es Herodes el que tiene que juzgarlo, así me lo quito de encima. Y lo mandó a Herodes que estaba en Jerusalén con motivo de la fiesta. Éste, cuando tuvo en su palacio a Jesús, se burló de él, y de nuevo lo remitió a Pilatos.

Volvió pues Jesús al lugar en el que estaba Pilatos y éste dijo al pueblo: Me presentasteis a este hombre como amotinador del pueblo, y yo, habiéndole interrogado, no hallé en este hombre ninguno de los delitos de los que le acusáis. Y tampoco Herodes, pues lo devolvió. Nada digno de muerte se ha probado. Esto era lo que había ocurrido, la conclusión era clara: soltarlo. Sin embargo dice: le castigaré y lo soltaré.

En este momento, algo hizo dar un giro a lo que ocurría. De las calles vecinas comenzó a llegar un griterío en el que se descubría un nombre: Barrabás. Alguien había recordado la costumbre de soltar a un preso por la fiesta de Pascua y venían a reclamar ese derecho. Pilatos, que pretendía encontrar una vía de escape, aprovechó el primer silencio que se hizo para decir: Es costumbre entre vosotros que os suelte a un preso por Pascua, ¿queréis que os suelte al rey de los judíos? Esperaba oír un sí entusiasta, pero a su frase siguió un silenció helado. Y la masa comenzó a gritar Barrabás, Barrabás. Pilatos no había acertado. Preguntó ingenuamente de nuevo ¿a quién queréis que os suelte? De la plaza subió como un solo grito el nombre de Barrabás. A Pilatos apenas le cabía en la cabeza que prefirieran a un homicida a aquel predicador lunático. Procuró no perder la calma y preguntó ¿Qué hago con Jesús llamado el Mesías? La multitud pronunció un grito cruel: Crucifícalo. Pilatos intentó aún hacerles reflexionar: ¿Qué mal ha hecho? Y los gritos arrecieron: ¡Crucifícalo, crucifícalo!

Pilatos comenzó a tener verdadero miedo y pensó en acabar cuanto antes, pero no quería ceder a la multitud. Se volvió a los guardias y mandó soltar a Barrabás y azotar a Jesús, con la esperanza de que cuando vieran a Jesús azotado se apiadarían de él.

Y así llega la hora del gran carnaval de sangre y el gobernador se retira…

Silbó el cuero en el aire. Él había dicho: Amad a los que os odian… Sintió la quemadura del primer latigazo y su carne se contrajo dolorida. Había predicado: Haced bien a los que os maldicen. Y de nuevo vibraban las correas. Ofreced la mejilla izquierda a quien os abofetea en la derecha. Saltó la primera sangre y una correa mal dirigida cruzó por primera vez su cara. Bienaventurados los perseguidos por la justicia, pensó, mientras un nuevo golpe le obligaba a retorcerse. Era un hombre, eran las espaldas de un hombre. ¿El Padre le había abandonado? Apretó sus dientes, clavó sus uñas en la argolla de hierro que le sujetaba. Temed a los que puedan hacer daño a vuestras alma, no a quienes puedan herir vuestro cuerpo. Oía las risas y los jadeos de los que le golpeaban. Su espalda era ya un campo arado, rajado como por cuchillos y la sangre se mezclaba con largos surcos azules y morados. Era un dolor tan ancho que comenzaba a no sentir los golpes. Tenéis que perdonar no siete veces, sino setenta veces siete.

Sus ojos borrosos no podían ver la sangre que resbalaba ya de sus pies al suelo. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Un nuevo golpe venía a borrar las fronteras del consuelo. Cedieron sus rodillas y su cabeza se golpeó con la columna al caer. Hicieron girar su cuerpo para que siguiera ofreciendo la espalda a los látigos. Ahora no medían los golpes y éstos herían sus piernas, sus muslos, su cintura. Esta es mi sangre que se entrega por vosotros.

Era la primera vez que Jesús derramaba su sangre a manos del hombre. La había entregado él voluntariamente a los suyos durante la cena, bajo apariencia de vino. Había brotado espontánea, después del huerto, bajo el peso de la angustia. Ahora empezaban a arrebatársela otros.

Alguien cortó por fin, el juego macabro. Era el tribuno responsable de detener el tormento antes de que el condenado muriese. No sabía aún si el condenado subiría después a la cruz como pedían los sacerdotes o si sería liberado como parecía querer Pilatos. Sólo sabía que el gobernador le había ordenado que las cosas no llegaran al final. Basta, dijo, basta. Y se detuvieron los látigos en el aire.

Y el tribuno, quizá compadecido del espectáculo de aquel hombre desangrándose en medio del patio, mandó llevarlo al interior de la fortaleza, a la zona del acuartelamiento de los soldados. Trabajosamente le ayudaron a levantarse y le pusieron su túnica. Arrastrado casi por dos soldados, se perdió tras uno de los grandes portones que conducían hacia las caballerizas.

Pero el gesto de piedad del tribuno pronto se convirtió en una nueva ocasión de tortura. Los soldados, liberados ahora de la presencia de su jefe, pasaron de la crueldad de los golpes a la de las burlas. Durante el proceso habían oído que se presentaba como rey. Le pusieron un manto rojo. Faltaba la corona. Encontraron una planta, muy frecuente en Jerusalén con largas y agudas espinas, duras y resistentes. Con ellas hicieron una especie de casco que le colocaron en la cabeza. Probablemente en un primer momento los soldados fabricaron esta corona no para hacer sufrir a Jesús, sino simplemente para burlarse de él. Por eso la colocaron sobre su cabeza sin apretarla y clavar sus espinas.

Fue luego el calor de los sucesos quien convirtió la burla en tortura. Porque, tras el manto y la corona, alguien se inventó un cetro fabricado con una caña. Y, creado el fantoche, vino la hora de las burlas y los sarcasmos. Uno a uno iban desfilando ante él, doblando la rodilla en señal de reverencia, gritando mientras se esforzaban en contener la risa. Salve, rey de los judíos. Era el saludo debido al emperador. Más ellos, orientales aunque formasen parte del ejército de Roma, tenían otro modo de saludo ceremonial al monarca: se acercaban a Jesús como para besarle, pero en lugar de un beso ponían en su mejilla un escupitajo. Tomaban luego su cetro real y golpeaban con él la corona de espinas tejida en torno a su cabeza. Nuevos hilos de sangre comenzaron a correr por su rostro al calar las espinas. Y la sangre les excitó aún más; uno de ellos posó ahora el guantelete de hierro de armadura sobre la corona y oprimió para que ni una espina quedara sin clavar. Ahora sí que era definitivamente rey de sangre, con la corona grabada en su frente como un tejido de llagas.

No sabemos cuánto duró la escena. Los términos usados por los evangelios dan impresión de que estos sarcasmos se repitieron varias veces. E irían haciéndose progresivamente más crueles, como necesitados de un desahogo. Algo, además, les excitaba mayormente: el silencio, el dramático silencio de Jesús. Si el preso les hubiera devuelto insultos y palabrotas pronto hubieran terminado por cansarse del juego que o hubieran llevado sus agresiones hasta la muerte. Aquel silencio terrible de Jesús les excitaba en cambio, les empujaba a un mayor refinamiento, pues al mismo tiempo que insultaban, se sentían derrotados por el agredido. Y, esto, les encolerizaba más y más.

Por fin regresó Pilatos y pidió que le trajeran de nuevo al prisionero. Cuando desde lo alto de la escalera el gobernador le vio reaparecer apenas creía a sus ojos. Aquel hombre era una piltrafa. Toda la nobleza que tenía su figura mientras lo interrogaba, había desaparecido. Físicamente era un moribundo. Vacilaba al andar, temblaba, había envejecido muchos años durante aquella hora.

Se volvió, pues, a los sacerdotes y regresando a sus contradicciones, les gritó: Ved, os traigo aquí fuera para que conozcáis que no hallo en él delito alguno. Hizo adelantar a Jesús hasta el mismo balcón que daba sobre la plaza y gritó: He aquí al hombre.

Les estaba invitando a la compasión. ¿Cómo podían tener miedo de este pobre hombre? Sin embargo, de la plaza surgió ahora un clamor unánime, una sola voz que, a través de mil gargantas, gritaba ¡Crucifícalo, crucifícalo! Era como un grito ensayado, un macabro estribillo. Pilatos dijo: Tomadlo vosotros y crucificadle, pues yo no hallo delito en él.

En ese momento regresan los judíos a la acusación original, nosotros tenemos una ley y según esa ley debe morir; pues se hizo hijo de Dios.

La nueva acusación produce en Pilatos un efecto mayor del que podía preverse. San Juan comenta que, en este momento Pilatos temió más.

Por eso, de pronto, inesperadamente, Pilatos gira sus talones y vuelve a entrar en el interior del palacio. Teme quizá que los judíos descubran en su rostro el nuevo temor que le ha invadido.

Ya dentro, formula una pregunta vertiginosa: ¿De dónde vienes tú? Jesús levantó su cabeza, miró al gobernador con una mirada que no decía nada porque podía querer decirlo todo. Y se encerró en un nuevo mutismo. Esta vez el silencio exasperó a Pilatos que, en su respuesta violenta, demuestra su estado de tensión interior. ¿A mi no me respondes? ¿No sabes que tengo potestad para soltarte y la tengo para crucificarte?

Los labios resecos se movieron. Y de ellos salió una voz ronca que no parecía la misma que había oído al iniciar el proceso: No tendrías ningún poder sobre mí, si no te lo hubieran dado de lo alto. Pilatos no entendió.

Salió fuera. Los judíos decidieron, un nuevo cambio de táctica. Acudirían ahora al chantaje y las amenazas. Por eso apenas vieron aparecer a Pilatos en el balcón, comenzaron a gritar: Si sueltas a éste, no eres amigo del César, pues todo el que se hacer rey, se declara contra el César.

Ahora sí, ahora habían tocado la fibra más delicada del gobernador. El acusado acababa de recordarle que todo el poder lo tenía de lo alto, y los judíos le repetían ahora el recuerdo de que todo dependía del mandamás romano. Ser amigo del César era el título más estimado para un romano. Con la benevolencia del emperador se podía todo. Caer en desgracia ante él era la ruina, el destierro, quizá la muerte.

Pilatos entendió bien la amenaza. Una acusación de alta traición, de no castigar a quienes se levantaban contra el César, podía significar el final de toda su carrera.

El gobernador se preguntaba así mismo porqué estaba defendiendo a aquel desconocido y no lograba encontrar una respuesta. ¿Jugarse su carrera por aquel pobre loco nazareno?

Tomó su decisión: le abandonaría a su suerte. En definitiva, ni le iba ni le venía. Y él no era responsable de aquella historia. Ellos habían dado la sentencia. El se limitaba a confirmarla.

Tuvo aún un último gesto. Y quiso que éste fuera bien entendido por los judíos, pidió que le trajeran una jofaina con agua y, en presencia de todos, se lavó las manos. Se volvió al grupo de sacerdotes y, como arrojándoles las palabras a la cara, dijo: Yo soy inocente de esta sangre. Allá vosotros.

Ahora a Pilatos le entró una extraña prisa. Quería desembarazarse de aquel fardo que empezaba a pesar ya en su alma. Se sentó en la silla como representante oficial del emperador de Roma y dijo las palabras solemnes: Ibis ad crucem, irás a la cruz.

Tras las palabras del Sacerdote interviene el Pregonero que lee la sentencia dictada por Poncio Pilatos, al que replica la Buena Mujer.

EL PREGONERO

Yo, Poncio Pilatos, Juez del Sacro Romano Imperio, Presidente de Judea por nuestro César Tiberio.
El año décimo octavo de su acertado gobierno, a veinticinco de marzo, decreto, mando y ordeno: sufra el último suplicio el Reo Jesús Nazareno, siendo en una cruz clavado en un lugar destinado a cumplir este tormento sirviendo así de escarmiento a todo hombre malvado.
Para que nadie sea osado levantarse contra el César que lleve la cruz a cuestas, que muera entre dos ladrones. Que nadie de esto se asombre, porque siendo un puro hombre quiso hacerse Hijo de Dios. Este testimonio dijo el Pontífice a su gente pidiendo a voces su muerte. Con milagros engañosos, enredador, mentiroso, endemoniado, embustero, mago muy malvado, enemigo declarado del César, Dios y el Senado. Por eso lo han condenado a muerte en Cruz, al infame.
Puesto que tan mal ha obrado, quién tal hizo que tal pague.

EL ÁNGEL

Esta es la mayor injusticia que jamás se ha visto en el mundo, pues llevan a crucificar al Hijo de Dios natural y de las purísimas entrañas de María Santísima, porque quiso hacerse Hombre y llevar sobre sus hombros el peso de nuestras culpas, sanando a los enfermos, resucitando a los muertos y enseñando a los ignorantes la verdadera doctrina. Por eso lo han condenado a una muerte afrentosa, por odio, por envidia y furor y respeto a la tierra.
Esta sí que es la verdad.

Al concluir esta intervención se abre la puerta de la Iglesia que está orientada hacia el este, la Puerta del Sol, y se dispone en orden del desfile. El sacerdote, en medio del ruido, reflexiona desde el púlpito sobre el significado de la sentencia que acabamos de escuchar. El grito de ¡Arriba Jesús! marca el momento culminante de la mañana. El paso de Jesús Nazareno, seguido de la Virgen de la Encarnación, inicia su recorrido. En la Plaza de España está todo dispuesto para la ceremonia del Paso. Jesús hace su entrada desde la calle Dr. Benítez mientras que la Virgen, con San Juan y María Magdalena, ha tomado otro camino y permanece fuera de la vista del público en la calle Amargura. En la escalinata de la Iglesia de San Miguel está la Buena Mujer que recibe a Jesús Nazareno. Se dirige a él con su cantar monótono y melodioso…

A Jesús.

Primera.
Contempla, pueblo cristiano,
que Pilatos, juez injusto,
teniendo el poder humano
condenó a muerte al más justo,
Jesús, Señor soberano.

Segunda.
Pilatos, hombre cruel,
pronunció horrible sentencia,
contra Jesús nuestro bien.
Con tanta tirana clemencia
mató al inocente Abel.

Tercera.
El mundo queda pasmado,
se cubre el cielo de asombro,
al ver a Jesús cargado
con la Cruz sobre sus hombros
por librarnos del pecado.

Cuarta.
Con el pérfido deseo
que no muera en el camino,
le ponen un cirineo
a nuestro Jesús divino
el ingrato pueblo hebreo.

Quinta.
Penetrada de dolor
al veros tan fatigado
aquí sostengo, Señor
este lienzo preparado
para limpiarte el sudor.

Sexta.
Lleno de angustia y dolor
entre bárbaros sayones
va a morir por nuestro amor
en medio de dos ladrones
nuestro amable Redentor

(Se retira el paso)

La Buena Mujer ha limpiado el rostro de Jesús que queda impreso en el lienzo. Se retira el paso y aparece San Juan corriendo desde la calle de la Amargura. Se para ante ella.

Séptima.
A san Juan.
Si al Hijo de Dios amado
buscáis, discípulos fieles,
miradle ahí ensangrentado
lleno de heridas crueles
cual un malhechor atado.

Corren San Juan, tras ver a Jesús, en busca de María Magdalena y regresa con ella ante la Buena Mujer.

Octava.
A san Juan y a María Magdalena.
Avisad que con presteza
venga su madre afligida
para admirar la fineza
de Jesús que vuelve a vida
la muerte y naturaleza.

Corren los dos para traer con ellos a la Virgen que aparece, solemne, en la plaza. Vuelve a cantar la Buena Mujer.

Novena.
A la Virgen.
Virgen piadosa y clemente,
si buscáis a vuestro amado
Hombre Dios Omnipotente,
en este lienzo estampado
su rostro ofrece presente.

La Virgen se vuelve hacia su Hijo e intenta abrazarle pero, al grito de “¡Crucien!”, los romanos se lo impiden cruzando las lanzas. Por fin, María puede abrazar a su hijo.

Décima.
Después del Crucien.
Soldados que con rigor,
con crueldad y tiranía
custodiáis al Redentor,
dejad pasar a María
al objeto de su amor.

Undécima.
Permitidle que le abrace
y mitigue
su dolor
que es muy dura despedida
tan triste separación.

Duodécima.
Almas piadosas, mirad
a cuanto llegó el dolor
que no se puede hablar
y con sólo el corazón
manifiesta su pesar.

Decimotercera.
Entre ladrones metido,
vestido de Nazareno,
con el rostro oscurecido
llevan al Divino Verbo
por redimir al cautivo.

Decimocuarta.
Venid, hijos de Sión,
vengan todos los mortales,
y llenos de admiración
lloraréis a gritos tales
y gozaréis la pasión.

Decimoquinta.
Pueblo mío ¿qué te he hecho?.
dice mi Dios amado,
lo mucho que por ti he obrado
y ahora me pagas con esto;
date ya por satisfecho.

Con este canto se pone fin a la ceremonia del Paso. La procesión se vuelve a organizar en la plaza y, rodeando la iglesia de San Miguel, se dirige hacia la calle Templarios para cumplir su estación penitencial.