Jerez y decenas de forasteros se agolpan en el Barrio Alto. El llano de San Bartolomé y su templo, habitualmente un remanso de paz, cambian su pulso vital. Están en plena ebullición porque es Semana Santa y ha llegado el Jueves Santo, un día tan singular como maravillosamente repetitivo año tras año. La envejecida cerámica incrustada en la torre es vigía privilegiado de siglos de emociones, frustraciones e incertidumbres que tienen nombres y apellidos. Esa humanidad se concentra para simplemente ver un espectáculo plástico, para hablar con Jesús y su Madre y darle gracias o pedir o todas las cosas a la vez. A las siete y media de la tarde, se produce un golpe seco que corta el aire y la chirriante puerta de la iglesia se abre y sale la Cruz de Guía. Tras ella, una sucesión de túnicas celestes empiezan a tintar de ese color las calles jerezanas para explicar el misterio de la Eucaristía. Comienza la estación de penitencia.

Gracias a Dios, nos volvemos a encontrar las caras de casi todos los años. Unos anónimos, otros más conocidos. Todos igualmente necesarios. Nadie sobra. Cristina Carrasco, la hermana mayor, no para de gesticular en dentro de la iglesia. Para variar, está nerviosa. Es la cabeza visible de un equipo de cofrades que han dado todo lo que tienen –y no es una exageración- porque la hermandad del Santísimo salga a la calle, brille y propague una fe que, en muchas ocasiones, necesita salir de la intimidad y hacerse visible. Mientras, Jesús Rebollo, su marido, capataz del Cristo de la Piedad, muestra un aplomo casi sorprendente cuando se trata de ser el responsable de llevar por las cuestas de Jerez a una talla descomunal en lo físico y en lo sentimental. La familia Villafaina Román, modelo de entrega absoluta, se reparte para hacer de todo y espera que pronto al pequeño Miguel se sume a la tradición. Mientras, Juan Gómez, capataz de la Virgen de la Paz, ni pestañea. Se ajusta los guantes blancos y llama a los costaleros, el sustento básico de la Semana Santa jerezana. Vamos a hacer la primera ‘levantá’, avisa. Arranca el camino procesional por la tierra para llegar, al final, al cielo.

Centenares de nazarenos se movilizan, se ajustan los capirotes y se bajan los cubrerrostros. Es la hora. Dios lo ha querido. Bajan por las complicadas escaleras de madera que dan acceso a la calle, la rampa que humaniza segundos después a los apóstoles de la Santa Cena, a Pilatos, al Cristo de la Humildad y a los ya mencionados Cristo de la Piedad y Nuestra Señora de la Paz. De madrugada, el testigo lo recogen ahí los macarenos, con su Esperanza al frente y su Padre Jesús del Gran Amor. El Jueves Santo revive desde San Bartolomé pero se extiende por Los Mártires y, de madrugada, llega a Santa María. En realidad, llega a todo el pueblo, aprisionado por una explosión de belleza y sensibilidad que se concentra en unas cuentas horas pero que, de verdad, arranca un domingo y concluye en el siguiente. Esta muestra impresionante de implicación popular que demuestra Jerez de los Caballeros, de los que son de allí por nacimiento y residencia y de los que nos sentimos también de allí sin serlo propiamente dicho, no tiene fin. Es la gran película de cada primavera. La misma que hace que siete días parezcan una tarde de unas pocas horas que se evaporizan casi al instante tras una espera de doce meses.

Semana Santa 2012

 

*Celestino J. Vinagre, periodista